Con la elegancia de una sonrisa, nos decimos adiós.
No hace falta ni hablar. Siempre nos hemos entendido bien sin mover los labios.
El tiempo se congela alrededor.
Tal vez, un pájaro que volaba cerca, se quede suspendido en el aire, o el humo del cigarro que fumaba el hombre de azul, flote un instante, como una nube.
A mí me gustaría decir... pero no puedo, o no quiero ya. Todo estaría tan fuera de lugar, que parecería cortado y pegado en el momento equivocado.
Es mejor así. Lo que no ocurre cuando la magia rodea de rojo el día señalado, sale mal o raro o vacío.
El tiempo vuelve a su curso.
El pájaro retoma su vuelo, buscando una rama donde descansar, el humo del cigarrillo se dispersa por el aire haciendo molinillos.
He seguido andando, ya estoy lejos de ti. Adiós para siempre.
Las historias más difíciles suelen tener los finales más sencillos.

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